No es que el hombre no vaya a cenar nunca más, no. Se trata de la última cena como Secretario General con sus antiguos colaboradores, bien como miembros de su gobierno, bien como miembros de la ejecutiva federal. Asistieron, con más expectación que protagonismo, Carmen Chacón y Pérez Rubalcaba. En un ambiente, dicen que distendido, se habló de esto y aquello, pero como es costumbre en Zapatero de nada en concreto y, por supuesto de nada que valiese la pena escuchar o convertirse en noticia. Lo mejor, en esta ocasión, fue que el mesías no tuvo que dirigirse a sus apóstoles para reprocharles y augurar que uno de ellos le traicionaría. En esta ocasión la cosa funcionaba de otra manera: era él, el propio mesías –léase Zapatero- quien había traicionado la confianza de sus apóstoles, discípulos y a los hijos y nietos de sus discípulos. Lo mejor de la sesión, que ya sería por siempre irrepetible. Adiós. No vuelvas jamás…
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De Nadal escribí en cierto momento que era más alto que la Luna. Fue con ocasión de proclamarse el número uno del mundo del tenis, cuando su fuerza, capacidad, juego, maestría y resistencia asombraban a propios y extraños. Un día la fuerza de gravedad, a la que era inmune, comenzó a fallarle y el joven astro inició su declive, a caerse de su elevada órbita y acercarse al círculo de lo humano, al planeta de lo efímero, a la esfera de lo imperfecto. Hoy, esta noche –o esta mañana, que no sé bien-, desde allá abajo, mucho más allá de las raíces de nuestros pies, en las antípodas, en tierras australianas, Nadal recobró parte de su ingravidez y volvió a elevarse, a subir, a ascender por encima de las nubes más altas. Su reencuentro con Djokovic, su particular agujero negro, el que lo absorbe, lo atrae y lo engulle con su acerado juego, con su densa fortaleza, con su enigmática maestría, fue una batalla perdida. Perdió, otra vez, pero no como otras veces. En ésta. Nadal ha levantado los pies del suelo, se ha elevado por encima de sus últimas mediocridades y ha recobrado, casi del todo, su anterior imagen. Hoy, Nadal, tal vez no sea como aquel de ayer, no tan alto como la Luna, pero casi, casi, casi…
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A mi admirado Iñaki Gabilondo le han otorgado, con todo merecimiento, el VIII Premio Tomás y Valiente, por su compromiso con la democracia y con los derechos y las libertades fundamentales que la sustentan, expresión, opinión e información, según portavoces de la organización, que no es otra que el Instituto de Cultura del Sur (ICS), presidida, de forma honorífica, por el ex presidente del Gobierno Felipe González y el ex Secretario General de la ONU Butros Ghali. Enhorabuena. Se lo merece. Pena que la voz del periodista no encuentre eco en un coro de voces políticas excesivamente sinfónico, afinado y falto de matices. Y de alma.
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Otro pájaro a ras de suelo. Spanair, la compañía de aviación de vuelos de bajo costo, cerró las alas y dejó de volar. En tierra, con el semblante desencajado, el rostro pálido y la sobra del engaño envolviendo sus cuerpos y enturbiando su mirada, los presumibles pasajeros contaban y no paraban. Vaya sorpresa y vaya engaño. Hasta la ministra de Fomento, Ana Pastor, se confesaba sorprendida por la espantada de la aerolínea. He tenido que llamar personalmente a Spanair para enterarme de lo que estaba pasando, confesó. Yo si sé lo que estaba pasando, lo que pasó y lo que volverá a pasar. Que los “pájaros” vuelan, se llevan las plumas –nos despluman- y los monederos de las personas inocentes y honradas y si te he visto no me acuerdo. No es el primer pájaro que “vuela” parando de volar. En tierra quedan, pegados al suelo, los atónitos pasajeros, sin su dinero y sin alas. En tierra quedan los trabajadores de la compañía, sin trabajo y sin dinero. En tierra quedan los acreedores, mirando como se aleja, tras el horizonte de una montaña de nubes negras, la posibilidad de cobrar el importe de sus ventas o de sus créditos, al menos de manera íntegra. Y, por último, en tierra queda, cada vez más embarrada en el lodo, la esperanza de los españoles en que este vuelo de granulas y sinvergüenzas acabe de una puñetera vez.


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