España va bien. Tan solo un veinticinco por ciento vive en los angustiosos páramos del desempleo. Son mucha gente, pero también es cierto que el setenta y cinco por ciento restante vive al margen del drama económico, con unos ingresos para ir tirando, en el peor de los casos, y, en otros, para vivir como capitanes generales. Con todo, la situación sigue siendo dramática. En realidad, mientras un solo ciudadano viva el drama del desempleo, con la sombra de la pobreza al acecho, España y el mundo no pueden sentirse seguros ni satisfechos. Sin embargo, parece que el desencanto y la miseria la viven los ricos, los que más tienen. Son, al menos, los que muestran más ira por la grave situación de la economía. Oyes a los populares quejarse y no hay dios que no se eche una mano al corazón, como si la crisis fuera culpa de los pobres y desdichados por haberse comido un bocadillo de más. Así está España, así está el mundo...
Pero si la economía anda como anda, la justicia no va mejor. Sobre el juez Garzón llueven piedras y azufre. Los jueces que todavía se mantienen unidos al franquismo a través de un cordón umbilical cada vez menos invisible parece que llevan las de ganar. Algunos togados podrían sentir vergüenza ante la situación, pero ca. Al fin y al cabo se dijo que todo estaba atado y bien atado y el pobre Garzón se va a dar con un canto contra los dientes. No es lo mismo perseguir a unos rojos –Vera o Barrionuevo, por ejemplo- que andar tras las mafias azules. A tal punto, el caso Gúrtel no puede ni debe prosperar, como no prosperó el caso de Trillo con el Yak 42, ni el tesorero aquel que llevaba los billetes de diez mil pesetas en sacas de correos, ni este tesorero de ahora ni la gentuza que revolotea entre el cielo del poder y el fango del dinero. Para los amigos, todo. Para los enemigos la ley. Es así, siempre ha sido así. Por eso Garzón acabará mal su historia y la gente que ha vivido a costa del sudor de los españoles vivirá placenteramente un futuro acaudalado y venturoso. Los poetas y los justos seguirán muriéndose de hambre o pudriéndose entre el deshonor y la cárcel. Siempre ha sido así. De todos modos, no se debe caer en el desconsuelo. Siempre será posible encontrar un cura pederasta que perdone nuestros pecados y nos envíe al descanso eterno. Todo sea por dios y por la patria.
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