Ya saben: el gobierno de Zapatero pretende retrasar la edad de jubilación. Desde este espacio de análisis y comentario ya dimos hace tiempo nuestra opinión sobre un hipotético aumento de la edad de jubilación, cuando el Gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, salió con propuestas de parecido calado a las que ahora presenta el gobierno y que entonces motivaron la contrariedad y la respuesta agria del mismo ministro que hoy parece encantado con ellas. Está claro que el ministro Corbacho ha hecho el tonto y el capullo a manos llenas, a rebosar. Hasta a la Ministro de Economía y la Vicepresidenta Fernández de la Vega se les ha corrido el maquillaje y se les ha quedado una cara de tontas que ni para qué. Va de locos. Es evidente que al Presidente Zapatero se le han fundido los plomos y ha perdido la escasa luz que lo alumbraba. Lo cierto es que me parece un buen tipo, buena gente, buena persona, honesto y comprometido, pero sin puta idea de qué debe hacer ni cómo gobernar. Si Zapatero y su gobierno constituyesen un equipo de fútbol, diríamos que juegan bien la pelotita, se colocan bien en el campo, saben y respiran oficio, pero que no saben marcar los tiempos durante el juego, no marcan goles y acaban perdiendo el partido. Por ello defendíamos que lo mejor sería que el Presidente pasase el testigo a otras manos más capaces y resolutivas, socialistas por supuesto. Entonces resultaba oportuno e inteligente. Hoy se hace absoluta y totalmente necesario.
El Grupo Sistema, que tuvo su momento de influencia política en los años ochenta, durante sus encuentros en Jávea acerca del “futuro del socialismo”, ya ha puesto, por boca de Alfonso Guerra, su grado de descontento en una propuesta que puede parecer desconcertante y verdaderamente lo es en un cierto y calculado grado. En realidad, ni Alfonso Guerra se metería en el barrizal de un gobierno de concentración con los populares ni éstos aceptarían formar parte de semejante berenjenal. Pero la propuesta está bien. Está bien para calar en un electorado desconcertado, que ahora mismo, en las encuestas, mira en dirección al Partido Popular como posible receptor de su voto. Y está bien, porque descubre al grupo de Guerra como una opción creíble y responsable de repuesto en el gobierno. Digamos que se han colocado bien en la parrilla de salida. Alfonso siempre ha sido un hombre muy inteligente y los años no lo han vuelto tonto, ni mucho menos. Otros líderes socialistas de mucho peso –Barreda y Felipe González, entre otros- también han venido desmarcándose de los modos y maneras del gobierno, y algún otro lo ha hecho con tanto estrépito y escasa fortuna –Almunia- que uno no sabe si es una nueva y calculada forma de cretinez o simplemente un inoportuno eructo, imprevisible si se tiene en cuenta la acreditada sensatez y acostumbrada compostura del calificado europeísta. Mal está la cosa, se mire como se mire. Y peor si, como posible recambio, uno orienta la mirada hacia la derecha, que, dicho sea de paso, todavía anda peor, con Rajoy –especialista en chapapotes- mirando hacia no se sabe dónde y el resto –los Camps, Arenas, Aguirre y Gallardón, con sus respectivas tropas- tirándose piedras entre ellos y cada vez escondiendo menos la mano. Eso sin contar el grado de deterioro público que se deriva de los numerosos casos de corrupción en que los populares andan mezclados. Del grado de inutilidad de Rajoy basta como indicador una frase suya a raíz de las antes mencionadas propuestas de Fernández Ordóñez de aumentar la edad de jubilación y abaratar los costes de despido: “Le demando a usted y a su Gobierno –le decía a Zapatero- más respeto institucional, que se pongan a trabajar en serio y se dejen de chaus chaus en un tema tan serio e importante, porque hablamos de las pensiones del futuro de los españoles, y este no es un tema menor”. Ya ven, Rajoy dice hoy lo que decía Zapatero ayer y éste hace hoy lo que ayer pedía Rajoy-: para volverse locos. En definitiva, mal andamos, tanto si miramos hacia la derecha como hacia la izquierda. Me temo que no habrá más remedio que poner los ojos hacia delante, apretar los dientes y seguir sufriendo. Y habrá que hacerlo con esperanza. Al fin y al cabo, dicen que es lo último que se pierde y que no hay mal que cien años dure.
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