Jose Luis Lopez Vazquez

. martes 3 de noviembre de 2009
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Se nos fue. A José Luís López Vázquez se lo llevaron, por fin, al Hollywood ése al que solo llegan los elegidos. Se fue ya con 87 años, todo un veterano, con la carrera hecha y con mucho que enseñar. Se nos fue y nos dejó un tanto helados, pero no del todo, por aquello de que muy bien pudiera tratarse de otro de sus papeles, tan bien representado, tan perfectamente ejecutado que resultase indistinguible de la realidad. Igual dentro de un rato lo vemos salir por el portal de su casa, poniéndose la chaqueta a toda prisa, ajustándose el nudo de la corbata, evitando en el último segundo un tropezón con un cochecito de bebé que conducía una rubia despampanante. Seguro que su adiós no es definitivo. Esta gente no se puede ir así como así. Nos pertenece, es nuestra y nosotros de ellos. José Luís López Vázquez es un poco de todos. Y todos somos un poco suyos.

Yo siempre había creído que José Luis y yo éramos de la misma quinta, o, cuando menos, muy próximos en edad. Ahora, al leer algo de su biografía me entero de que me lleva más de veinte años, que yo era un niño cuando él aún no había iniciado su carrera artística y todavía se ejercitaba en los teatros como figurinista de escenarios ¡Quién iba a decir que aquel chaval de algo más de veinte años se iba a convertir, con el paso del tiempo, en todo un referente del cine español! Ahí quedan, entre alrededor de doscientas cincuenta producciones, cintas tan inolvidables como “La Gran Familia” (Fernando Palacios, 1962), “Atraco a las tres” (José Mª Forqué), 1962), La escopeta nacional (Berlanga, 1977), “La cabina” (Antonio Mercero, 1972) y la inolvidable “Mi querida señorita” (Jaime de Armiñán, 1971). López Vázquez, con Paco Rabal, Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey forman el póquer de ases del cine moderno, de “mi cine”, por establecer una diferencia con la filmografía de posguerra, prolongada durante toda la década de los cincuenta, en la que sobresalieron, entre otros, el genial Pepe Isbert, Manolo Morán y el malogrado José Luis Ozores. Y no quisiera dejarme entre tanto nombre ilustre, cada uno dentro de su propio contexto, a mujeres de la talla de Amelia de la Torre, Lola Gaos, Gracita Morales, Amparo Soler Leal y Concha Velasco. Junto a ellas, Amparo Ribelles, Sarita Montiel y Lola Flores, que tienen cabida en todos los índices artísticos, al igual que los inolvidables Jorge Mistral y José Bódalo. ¡Ay, Dios, cómo se nos amontonan los recuerdos! Y es que la vida de toda esta gente ilustre forma parte inseparable de nuestra propia vida, de casi toda nuestra vida.

En fin, queramos o no, lo cierto es que José Luís se nos ha ido. Nos ha dejado con una lágrima en los ojos, una herida en el corazón y un montón de recuerdos, buenos y malos, en color y en blanco y negro, grabados en la memoria. Adiós, amigo, buen viaje. Cualquier día nos vemos.

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Suspenso a la universidad

. lunes 2 de noviembre de 2009
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Pues alguna vez había que tocarles a ellos. Es la Universidad Española la que saca mala nota en materia de investigación, síntoma inequívoco de escasez, debilidad y flaqueza en materia gris o, como diría uno de aquellos sioux de Hollywood, en hierro amarillo. O, como tal vez también pudiera ser: en ambas cosas. Lo cierto es que el mundo universitario está ahora mismo instalado en el cinturón de la mediocridad, entre dos espacios antagónicos, entre lo brillante y lo desastroso, entre el quiero y no puedo. Así lo revela una encuesta de la que se hace eco la edición digital de El País de este primer lunes de noviembre. Se veía venir. Forzadas por una creciente demanda, a la Universidad han llegado catedráticos como churros y como churros, por idénticas razones, han salido licenciados de todo tipo y naturaleza con un denominador cada vez más común: la mediocridad. Así, pues, como no podría ser de otro modo, la mediocridad se ha instalado en nuestro mundo y campea a sus anchas, dueña y señora de una sociedad a cada día más enclenque y peor preparada.

Pero no todo son malas noticias, que también nacen flores hermosas en los terrenos más incultos y peor tratados. España es un buen ejemplo de ello, triste por lo último y esperanzador por lo primero. Aquí, de entre las más pobres y grisáceas cosechas han nacido los mejores y más destacados genios, no siempre bien recibidos y en escasas ocasiones justamente recompensados. De ahí que, al lado de la triste realidad que pone título a estas líneas, quiera dejar constancia de otra noticia, en este caso ilusionante: El satélite lanzado al espacio por la Agencia Espacial Europea para estudiar la salinidad del agua de los océanos es de fabricación y materiales totalmente españoles. Como hace siglos, seguimos tropezando con la misma piedra y haciendo buenos aquellos versos del Cantar: “Dios, que buen vasallo si oviese buen señor”

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