Qué bien que termina. Ya era hora. Se nos va un mal año, irrepetible y abominable. Nada ha ido bien. Los desastres económicos se han sucedido por doquier y, aunque se habla de recuperación, ni aquí ni allá se ven demasiadas luces encendidas. El paro ha sido el denominador común y el epicentro de un sistema económico lastrado por la corrupción política, religiosa y empresarial. Casi nada está saliendo bien y las viejas estructuras se resisten a dejarse torcer el brazo. Los más débiles están sufriendo el azote de tanta confusión y desastre. Pero no es solo la situación económica la que perturba nuestros días. Políticamente, el mundo anda hecho un lío. Los errores de Irak y Afganistán han traído consigo las inquietudes de Irán y Venezuela, que son las puntas de un enorme iceberg que vienen a sustituir a China y a la antigua URSS en el escenario universal de los conflictos. No son éstos de ahora tan potentes como aquellos de antes, pero encierran idéntico peligro y suscitan parecidos recelos. Pocas cosas no han salido torcidas en un año para meter en el saco de los olvidos.Aquí, en casa, igual que en el resto del mundo. De desastre en desastre. Los casos de corrupción y en especial el caso Gúrtel han obligado a ponerse mascarilla a la hora de husmear en la actualidad política. El desastre económico ha enmascarado la caótica situación política y su insoportable hedor, especialmente en lo referido a los populares, que más que un lugar de encuentro político nos ha parecido un centro de operaciones turbias y espesas, en todo caso, exentas de claridad. Los trajes de Camps han vestido a los populares con un extraño ropaje, cuyo pago de momento no ha sido requerido todavía por la ciudadanía, pendiente de que llegue el momento oportuno, tal vez en cuanto los aires económicos soplen más suaves y templados. Al cierre del calendario, parece que, tan solo, a lo lejos y muy débilmente sople una fina y ligera, muy ligera brisa de esperanza. Los últimos pasos del gobierno Zapatero parecen haberse dado en la dirección oportuna, ante la desesperación, eso sí, de un Rajoy nervioso y desorientado, torpe y olvidadizo, que habla cuando tiene que callar y guarda silencio cuando se esperan sus palabras. En fin: adiós, 2009. No vuelvas más, por favor.












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