Suspenso a la universidad

. lunes 2 de noviembre de 2009
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

Pues alguna vez había que tocarles a ellos. Es la Universidad Española la que saca mala nota en materia de investigación, síntoma inequívoco de escasez, debilidad y flaqueza en materia gris o, como diría uno de aquellos sioux de Hollywood, en hierro amarillo. O, como tal vez también pudiera ser: en ambas cosas. Lo cierto es que el mundo universitario está ahora mismo instalado en el cinturón de la mediocridad, entre dos espacios antagónicos, entre lo brillante y lo desastroso, entre el quiero y no puedo. Así lo revela una encuesta de la que se hace eco la edición digital de El País de este primer lunes de noviembre. Se veía venir. Forzadas por una creciente demanda, a la Universidad han llegado catedráticos como churros y como churros, por idénticas razones, han salido licenciados de todo tipo y naturaleza con un denominador cada vez más común: la mediocridad. Así, pues, como no podría ser de otro modo, la mediocridad se ha instalado en nuestro mundo y campea a sus anchas, dueña y señora de una sociedad a cada día más enclenque y peor preparada.

Pero no todo son malas noticias, que también nacen flores hermosas en los terrenos más incultos y peor tratados. España es un buen ejemplo de ello, triste por lo último y esperanzador por lo primero. Aquí, de entre las más pobres y grisáceas cosechas han nacido los mejores y más destacados genios, no siempre bien recibidos y en escasas ocasiones justamente recompensados. De ahí que, al lado de la triste realidad que pone título a estas líneas, quiera dejar constancia de otra noticia, en este caso ilusionante: El satélite lanzado al espacio por la Agencia Espacial Europea para estudiar la salinidad del agua de los océanos es de fabricación y materiales totalmente españoles. Como hace siglos, seguimos tropezando con la misma piedra y haciendo buenos aquellos versos del Cantar: “Dios, que buen vasallo si oviese buen señor”