A cada día que pasa aumentan, son más y mayores los errores de Zapatero. Duele confesarlo, pero es lo cierto e incontestable. Pensábamos que con la última reforma gubernamental se ganaría en solidez y aciertos, pero el personalismo del presidente y su cada vez más probada incompetencia para gobernar lo impiden claramente. La confusión y el desconcierto son la clave de un gobierno excesivamente presidencial, sin capacidad de autocrítica, sin oídos y sin timón. El final de tanto desatino no puede ser otro que un cambio de color en el gobierno y la sustitución de un incompetente político por otro todavía peor, es decir, el recambio de Zapatero por Rajoy.
La desolación, pues, crece tras la cresta del horizonte político, porque ese previsible cambio solo supondría la llegada al poder de más y mayor incapacidad, acompañada, además, de inevitables sombras de sospecha, las que proyecta un Partido Popular convertido en errático navío lastrado por los supuestos pero generalizados casos de corrupción, cuyo peor mal no está tanto en ellos mismos como en la pertinaz e intranquilizante manera de justificarlos desde la cúpula del partido. Mal camino el que se está andando, y mala llegada se adivina, se mire cómo se mire. Para mí que la solución más digna y positiva de cara a los intereses generales de los españoles estaría en buscarle recambio al presidente Zapatero dentro del propio fondo de armario socialista. Quedaría tiempo, dentro de la actual legislatura, para recuperar la credibilidad y el rumbo perdidos. Eso, o nos llega de modo irremediable una jauría popular de arribistas y sinvergüenzas.













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