No he tenido más remedio que interrumpir el descanso estival y ponerme a teclear estas líneas. La visita a los juzgados del juez Baltasar Garzón en calidad de imputado me obligaba a ello. Los lectores de Alfil Rojo saben que el polémico juez no es santo de mi devoción, pero no podía quedarme en silencio a la vista de su peculiar situación. El pecado, ya lo saben: el intento del juez de abrir una causa contra el franquismo por los delitos cometidos durante la dictadura. La iniciativa de poner al juez en vereda parte de “Manos Limpias”, de raíces franquistas y, en consecuencia, emparentado con el Partido Popular, que no se cansa de consagrar su amor por la causa a tenor de sus repetidas actuaciones a favor del dictador y sus secuaces, como se ha visto de manera reciente –menos de cuarenta y ocho horas- en A Coruña y Granada.
A mi me la traen floja estos fachosos de Manos Limpias, pero me preocupa la actitud del Supremo, al que se le debería suponer un tribunal de indudable espíritu democrático que yo ahora, a la vista de su actuación, no tengo más remedio que poner en duda. Si en democracia se persigue un juez porque éste, a su vez, persigue los delitos de las dictaduras, apaga y vámonos. El universo judicial democrático está con Garzón –en ese sentido se han pronunciado asociaciones de jueces españolas y europeas- y yo, en esta ocasión, también. Si se sentara en el banquillo al juez más democrático de los últimos veinticinco años, uno tendría que preguntarse qué coño de justicia tenemos en este país. De momento, me siento preocupado por lo dicho, y porque ahí delante está el fantasmón de Rajoy al que no le preocupa lo más mínimo que los demócratas se sientan perseguidos. A él, lo que le trae de cabeza es que los chorizos se sienten en el banquillo. Jo. Qué delirio de país.












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