Ya lo dijo el presidente Camps: “Quedan uno o dos escaloncitos y entonces toda esta cuestión tan extraña, tan absurda y tan estrafalaria habrá pasado”. Llevaba razón el hombre. Al fin y al cabo, se encontraba entre amigos y los amigos –ya se sabe- siempre cumplen. El tiempo parece haberle dado la razón, aunque a mi me mantiene en vilo una duda. Una duda grande, enorme, redonda y peluda, maloliente y pútrida. Camps también dijo que se paga los trajes y los jueces eso lo tienen por falso. La “investigación” da por probado que Camps no pagó sus trajes. Sin embargo, Camps dijo que sí, que los pagó y que él no mentía. Pues, miren, yo casi estoy por creerle, que no mintió en eso, que dijo la verdad, o al menos me tiene inmerso en una duda razonable acerca de si pagó o no pagó los trajes...
Permítanme un pequeño paréntesis. No es ahora el momento de analizar el papel de la justicia valenciana –qué quieren que les diga de ella-, que con tanto trajín, según alertaba reiteradamente el propio Rajoy, anda, en general, moviéndose en un entorno cercano a la raya del betún. Más adelante, otro día, volveremos a las profundidades y recovecos del caso Camps, que es el nombre del caso Gúrtel en valenciano. Y aquí, precisamente aquí, es donde aparece “El Bigotes”. Menudas amistades que se marca el “presi”: un Jefe de la Sala de lo Penal al que quiere que te cagas y un chorizo de postín al que quiere un montón y del que la primera dama valenciana dijo, al referirse a uno de sus regalos, "que se ha pasado tres pueblos". Curioso triángulo, al menos. Yo, volviendo a mis dudas, pienso que Camps dijo la verdad y que en realidad pagó los trajes. Pasa que no los pagó en la tienda ni al tendero. ¿A quién, cómo y por qué? A la justicia valenciana eso no parece importarle demasiado.













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