Habíamos dejado dicho hace algún tiempo que la dimisión de Francisco Camps era un hecho predecible y lo afirmábamos desde perspectivas razonables que no han llegado a darse. Digamos que teníamos por perspectivas razonables el sentido del honor y la dignidad institucional que se le presume al Presidente de la Comunidad Valenciana, la responsabilidad política del mismo en relación con el partido político al que pertenece y el respeto que los mismos ciudadanos valencianos merecen. Pensábamos que ante la claridad de los hechos que se le imputan, el presidente haría honor a su cargo, a su sentido de la responsabilidad y al respeto a sus propios ciudadanos y presentaría la dimisión. No solamente era lo que se presumía, sino lo que, además, tocaba hacer. Alarte, el Secretario General de los socialistas ha hecho muy bien en pedir la dimisión del presidente de los valencianos, y no va a parar de hacerlo hasta que se produzca la caída. Nadie hubiera podido esperar que unos trajes fuesen tan pesado lastre en un camino aparentemente tan fácil y llevadero...
Por el momento, Camps se ha limitado a forrar de cemento su cara de curita inocente –como cariñosamente lo llama su “amiguito del alma”, el encarcelado Álvaro Pérez-, a ensayar por enésima vez una sonrisa imposible, a huir de los micrófonos y cámaras de los periodistas y a seguir abrazado a esa estrategia que tan bien le ha ido al Partido Popular –caso Yak 42, por ejemplo-, arremetiendo contra el mensajero –medios informativos- y, de paso, contra todo lo que se mueve, Baltasar Garzón, jueces y fiscales, etc. Siempre estaré delante, detrás o a tu lado, ha dicho Mariano Rajoy, al que se le acumula el peso sobre sus espaldas: los casos de espionaje de Madrid, el de Bárcenas –de máxima densidad- y éste del Presidente de la Comunidad de Valencia. Pues, bien, que siga así. Lo cierto es que los días de Camps como presidente de los valencianos están contados y en su caída arrastrará inevitablemente a Rajoy y al Partido Popular. Si Rajoy hubiese tenido la piel más fina, la nariz más afilada y las agallas más redondas, Camps estaría dónde debería estar, el Partido Popular y el propio Rajoy navegarían hacía su próximo y más espectacular triunfo electoral y no como ahora, con el nada infundado temor de precipitarse en lo más profundo y negro de la cloaca. Por ese camino no puede esperarse otro final, mi torpe e ingenuo charlatán.













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