Alfil Rojo está en condiciones de ofrecer una solución de cómo encarcelar a los piratas somalíes que en el presente y en el futuro puedan apresar los buques de guerra españoles comprometidos en la misión internacional de la Unión Europea. En realidad es muy fácil. Digamos con ironía que ya vamos sabiendo que eso de secuestrar personas, buques, bienes y riquezas, atentar contra la vida de las personas o ponerla en riesgo son cuestiones menores si van envueltas en papel pirata, algo así como naderías, pequeñeces, travesuras de adultos, en el peor de los casos, que no merecen más atención que una pequeña reprimenda verbal o un tirón de orejas o, puestos a entrar en severidades mayores, condenas de escribir en la pizarra mil veces “no lo volveré a repetir”. Meterse en harina por cuestiones tan triviales, obligaría a sus señorías a perder su precioso tiempo en tareas que, después y en consecuencia, les restarían espacio temporal suficiente para poder atender labores de mantenimiento intelectual, tales como jugar al golf, participar en tertulias, encontrar en internet la última foto de Elsa Pataki y otros entretenimientos afines. Alfil Rojo ofrece una solución al Gobierno y al Almirantazgo sencilla y de rápidos y contundentes efectos, capaces de acabar con la pasividad de los fiscales y jueces de la Audiencia Nacional en un periquete. Se trata de acusar a los piratas somalíes de robar un bocadillo de atún –un solo bocadillo por barba, sin pasarse- motivados por la falta de medios económicos y para alimentar a sus familias. Si están en el paro o cobran algún tipo de ayuda, mejor que mejor. Robar un bocadillo es un delito que el juez más benigno y magnánimo no perdonará. Infalible. Eso es así desde siempre. La persecución contra Jean Valjean, el célebre personaje de Víctor Hugo, sigue vigente y renovada su orden de búsqueda y captura en todos los países. Así que ya saben: hay que acompañar a los apresados con un bocadillo de atún –a medio comer, si es posible- como prueba irrefutable de un delito internacional imperdonable e imprescriptible. Efectos garantizados...Como regalo, además, Alfil Rojo ofrece un método revolucionario, en versión simulada, que garantiza el éxito y la impunidad de un atraco a un banco, tanto si es nacional como extranjero. Fácil, tirado. Hay que disfrazarse de pirata, a la antigua usanza. Un parche en un ojo, un garfio en el extremo de la muñeca o una pata de palo por debajo de la rodilla, sable, trabuco, pañuelo a la cabeza y demás vestimenta. Al entrar en el barco no digan que se trata de un atraco, eso les perdería. Abordaje es la palabra clave. Los piratas no atracan, practican el abordaje, y eso no está tipificado como delito. Los asaltantes procurarán no llevarse del banco ningún bocadillo –sí a las carteras, no a los donuts, recuerden- y que el botín sea suculento y abultado, de millones o de cientos de miles, al menos. Sí, ya sé que es mucha parafernalia. Prueben si quieren -tambien en versión simulada-, por su cuenta y riego, montar la escena disfrazados de empresarios -todo sea por la crisis-. Probablemente tampoco les pasaría nada. Todo, menos ir de pobres.












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