Dos justicias

. martes 19 de mayo de 2009
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"El Tribunal Supremo de EE UU dictaminó ayer que ni el ex fiscal general del Estado John Ashcroft ni el ex director del FBI Robert Mueller podrán ser sometidos a juicio por la demanda presentada por un paquistaní que los señala -junto a una treintena de funcionarios del Gobierno de George Bush- como responsables de los abusos que sufrió mientras estuvo detenido en un penal de máxima seguridad en Nueva York tras los ataques del 11-S. La máxima instancia judicial del país revirtió así, en un ajustado voto de cinco contra cuatro -como viene siendo costumbre en la polarizada corte- el veredicto de un tribunal de menor rango que aseguraba que Javaid Iqbal podía proceder en su demanda contra Ashcroft y Mueller tras haber sido confinado en soledad en una celda durante más de seis meses y haber sufrido golpes y trato denigrante. Iqbal enfatizó en su denuncia contra ambos no tanto los malos tratos que vivió si no el hecho de que fue encerrado por su raza y creencias religiosas", informa El País en su edición de hoy martes. Pues ya ven: en Estados Unidos, como en el resto del planeta, también hay dos justicias, una todavía enraizada en la máxima de Hammurabi, ojo por ojo, diente por diente, y otra más avanzada socialmente, que plantea la prevención del delito desde la justicia social, la reinserción de los presos y, en definitiva, contempla el delito y al delincuente desde perspectivas más humanas y comprensibles...

La evidencia de la coexistencia de dos tipos diferentes de justicia, antagónicos en muchos casos, plantea otro tipo de cuestiones. ¿Hay que acatar las sentencias en el sentido que de ellas se deduce y separa los justo de lo injusto o, simplemente, entenderlas, en última instancia y agotados todos los recursos legales, como algo inexorable que ya no es posible evitar pero que también puede ser terriblemente injusto, incluso, constituir un delito de imposible persecución y condena dada la impunidad que la mayoría le otorga al órgano que dictó tal sentencia? Esto último parece razonable. Un juez puede ser injusto a sabiendas de que lo es –y sin saberlo-, puede dictar una sentencia injusta sabiendo que lo es –y sin saberlo-, si cuenta con el respaldo de la corte. No es posible medir la justicia con total precisión, en definitiva. Así están las cosas. La justicia está sujeta al principio de indeterminación y es cuántica, aleatoria e impredecible. En realidad, la justicia es "divina" –dicho sea en términos no convencionales- y, por tanto, como dios mismo, también juega a los dados.