Xàbia se viste de fiesta en torno al tres de mayo en honor del Alcalde Perpetuo de la Villa, que no es otro que Jesús Nazareno, aquel Cristo del Madero al que cantasen Antonio Machado y Joan Manuel Serrat, cada cual a su modo. Me encantan estos días de cruces artesanales en serie, de toros y cohetes, de comilonas, de vino y cante en el casal, pero sobre todo me atrae la figura de esta plaza sin nombre que ahora se viste de fiesta, de toro y vaquillas, de seda y percal, de bocadillo de tortilla, sangría y burret. Me siento enamorado al ver esta plaza, este monumento ahora en reposo, de albero y hierro, de entramado a rayas, como los pijamas de antes y los calzoncillos de ahora, que cobrará vida al atardecer, cuando los tendidos se vean abarrotados por el gentío de grandes y pequeños, de hombres y mujeres que hablarán en todos los idiomas y gritarán todos a una, emulando poses y pases –según los gustos- de toreros famosos: ¡toro! ¡toro! Unos compondrán el gesto como un Enrique Ponce, o como el Jesulín aquel de la Campanario y la Esteban, o como el Paquirri éste de la Medalla de las Bellas Artes, que otros atribuyen –con muy mala leche, por cierto- al arte que el avispado torero muestra con las bellas. En fin, aquí cada uno se las apaña como puede.

Yo, desde esta mañana soleada, desde el lado de la rejas hacia fuera, desde la pura calle, miro y recuerdo aquel grupo de concejales que un día ya muy lejano viajaron a Barcelona para traerse un Auditorio como el de la ciudad condal para colocarlo en medio de esta plaza, en lugar de las vaquillas que dentro de unas horas alegrarán la tarde. ¡Qué mala idea! Un auditorio, ¿para qué queremos un auditorio, eh? Si es posible que eso del auditorio hasta sea pecado y todo. No me extrañaría nada. Menos mal que aquellos locos ya no andan intrigando en el nuevo y joven ayuntamiento, con excepción de Ana Vasbinder, que por fortuna parece haber recuperado la razón y abandonado aquellos ardores de juventud. Con lo bonito que quedan las rejas éstas, tan de hierro, tan paralelas y verticales ellas, tan bien “pintás”. Hasta se ven por encima de los tendidos la alargada figura del cabo de San Antonio, la silueta de los molinos y el cielo azul claro, casi infinito, que abraza, además de la plaza, el algarrobo vecino y el magnolio de un poco más arriba, el mar y el pueblo entero. Qué pasada de espectáculo. Me imagino aquí un auditorio de esos, violando este espacio de diversión y entretenimiento, tan puro él, tan abierto a la cultura y a las civilizaciones, tan humano y lleno de sentimiento, que siento un escalofrío de horror de tan solo pensar en ello. Menos mal que estamos a salvo de aquello locos, aunque yo, en el fondo, aunque sea muy en el fondo, sienta una pizca de nostalgia por aquellas insanas locuras para nada comparables a esta maravillosa tarea de torturar a las fieras. Bendita plaza ésta, así, con sus hierros y sus chismes plantados en medio del albero en honor, no de aquel Jesús del Madero, sino del que anduvo en la mar. Seguro que hoy, al ver la plaza así, se anima, suelta la cruz y da algunos brincos. Qué gozada.













0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada