Pues, no. Prefiero los pantalones de pana que mi mujer me compra durante los mercadillos de los jueves. Puede que no sean tan vistosos y elegantes como los trajes de Camps, pero me da a mí que más decentes y honrados, sí. A mi mujer tampoco le van los trajes como los de aquella señora en la boda de la hija de Aznar, tan espectacular ella, tan ufana y estirada, que bien podría haberle costado un ojo de la cara a su marido y puede que ahora todavía le cueste más caro. Los trajes sencillos, como la vida misma. Y la cruz también, como pedía León Felipe en uno de sus poemas: que se vean desnudos los maderos, desnudos y decididamente rectos. No hace falta complicarse tanto la vida, que al fin y al cabo son cuatro días mal contados. Las cosas sencillas siempre resultan más económicas y fáciles de soportar. No. Decididamente, yo no quiero un traje como los de Camps. Aunque me lo regalen.













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