Son incapaces de contener sus impulsos básicos durante más tiempo. Se les ve a la legua. Los obispos españoles ya no pueden más y preparan una nueva guerra contra el ejército rojo, contra el gobierno socialista, que, dicho sea de paso, tiene poco, muy poco de ese color y con semejantes adjetivos. A los obispos españoles les va el dar caña y, cómo no podría ser de otra manera, la zafiedad y el mal gusto. El portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino, ya ha anunciado la campaña publicitaria que amenizará la guerra de la clase religiosa más privilegiada de la sociedad española contra la modificación de la Ley sobre la interrupción del embarazo aprobada en 1985. Pero yo no voy a comentar esas medidas desde perspectivas morales y religiosas, sino desde la óptica de la elegancia, el refinamiento y el buen gusto. Desde una visión más mundana, si se quiere, pero igualmente válida...
En las disputas entre los hombres –los obispos también lo son, ¿no?- puede prevalecer la elegancia, un toque de distinción o la más absoluta tosquedad y grosería. Por ahí es por dónde se han encaminado los obispos. Porque lo de colocar en los carteles publicitarios de la campaña a un lince, por su calidad de protegido, es cuestión de mal gusto, de poco tacto, poco elegante y refinado, basto, rudo, zafio y tosco. Y de una total falta de sensibilidad con respecto a un especie en peligro de extinción, a punto de desaparecer de la faz de la tierra. No está el hombre, por fortuna y de momento, en peligro de extinción, sino, más bien, todo lo contrario. Decíamos hace unos días que la población mundial habrá crecido, a mediados de este siglo, un 50% y se acercará a los nueve mil millones de personitas. Los últimos veinticinco años los niños españoles han venido naciendo con un pan bajo un brazo y un libro de derechos bajo el otro. Veremos qué pasa en los años venideros. De momento el futuro del lince es tan negro e incierto que los obispos podrían dejarlo tranquilo en espera de que se recupere, y evitar burdas comparaciones con casos y situaciones que no vienen a cuento. Y no le refiero a sus eminencias la cantidad de niños que mueren de hambre y frío, de enfermedades de fácil curación en nuestro mundo en crisis, sin olvidarme de los que crecen sin escolarización, sufren maltratos o son objeto de vergonzosa explotación y servidumbre. Trabajo en defensa de los niños hay, y mucho, pero yo no veo a esta iglesia de lujo y oropeles demasiado preocupada por ello. Ni por los linces, claro.













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