No es un titular gratuito, sino la más clara expresión en forma de palabra escrita del estado por el que atraviesa la Iglesia de Roma. Desde que Benedicto XVI levantara la excomunión a los obispos levrebianos –léase en Alfil Rojo “De obispos, hombres y monos”, de 27 de febrero de 2009- que el Papa se encuentra solo. "La curia está en desbandada y el Papa sigue encerrado en su palacio", escribía ayer Marco Politi, vaticanista de La Repubblica. El propio Papa, en su famosa carta a los obispos se confiesa lacerado por la “actitud beligerante de sus propias ovejas” y utiliza expresiones que son un fiel reflejo de su soledad y tristeza: “El enemigo en casa”, "odio sin temor ni reserva", "hostilidad lista para el ataque". L'Osservatore Romano, el órgano de la Santa Sede, califica las críticas católicas al Papa como "el mayor escándalo de los tiempos recientes"-. Pero no son la crítica de la curia romana, ni la de los obispos católicos, ni la de los cristianos los culpables de esta enrevesada situación. Fueron los cardenales quienes eligieron, hace cuatro años, a un antiguo militante de las juventudes hitlerianas para dirigir los destinos de una iglesia moderna, enclavada en el siglo XXI. De aquellos polvos vienen estos lodos.













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