Hoy El Mundo abre su edición digital con un titular que no tiene desperdicio: Rajoy: “Garzón es socialista”. Es posible, pero metió en la cárcel a Barrionuevo. La frase suena a no se sabe qué decir, a oración para espantar pájaros de mal agüero, a ver que hago con la que me viene encima. Porque si durante unos días ha sonado con fuerza el “Caso Bermejo”, derivado de un torpe y pueril descuido del ex ministro que ha sabido aprovechar muy bien el Partido Popular, ayudado por la indecisión del Gobierno de Zapatero y por su tardanza en reaccionar, ahora hay lo que hay: un PP amenazado por dos entramados de oscura urdimbre, los supuestos casos de espionaje llevados a cabo desde la institución que gobierna Esperanza Aguirre y la trama de corrupción supuestamente amparada y llevado a término por destacados miembros del primer partido de la oposición. El panorama no es muy halagador, que digamos, y este caso puede desenterrar prácticas ilícitas para conseguir recursos económicos de cara a confrontaciones electorales y otras de enriquecimiento personal fraudulento. La situación tiene mala pinta, se mire por donde se mire. Y huele peor, se huela por donde se huela.…
Ya dijo Rajoy hace un par de días, hablando de dimisiones, que “dependerá de quién y de qué sea acusado”. Hoy, tampoco ha sido mucho más explícito. El País pone en su boca una frase que no sé si viene bien para echarse a reír o queda que ni pintada para romper el llanto. ¿A quién tengo que echar?, se pregunta. Hombre, la verdad es que no hace falta ser muy listo para responder a esa pregunta. Tan solo hace falta un pelín de honestidad y una pizca de valentía, pero semejantes condimentos parecen haberse agotado en la alacena popular. Un milagro, tipo Rosendo Naseiro –el Luís Bárcenas de la época-, fija el límite de la esperanza, pero soluciones de aquel tipo hoy no resultarían fácilmente permisibles ni quedarían tan a la ligera en la impunidad. En verdad, la situación se hace insostenible por momentos. El Partido Popular políticamente huele rematadamente mal, peor que ayer, como un enorme y gigantesco retrete. Y encima Rajoy, en cuclillas, dubitativo como siempre, intentando remontar un vuelo que se nos antoja imposible. Dios los pille confesados.













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