El que fuera Ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, presentó su dimisión como consecuencia de la insensata coincidencia del exministro con el Juez Garzón en una cacería organizada por un militante del Partido Popular. La decisión, retardada más de lo aconsejable, se ha producido al fin. Alfil Rojo fue probablemente la primera voz en alzarse contra lo que desde aquí se calificó como una grave torpeza, impropia de personajes de tanta relevancia como los protagonistas del suceso. Finalmente, ya solo queda que el Juez Garzón entienda que no puede continuar ni un minuto más al frente de una investigación que, con independencia de otras circunstancias de naturaleza legal, podría quedar viciada por la presencia del juez. Pero ahora que se ha disipado la polvareda ocasionada por aquella estúpida montería, queda ahí, con toda su enorme fetidez, la trama de corrupción que salpica a varios personajes del Partido Popular y a otros vinculados al mismo por lazos de negocio y parentesco político...
Es la hora de Rajoy. Hasta ahora podía excusarse con aquello de que no está nada bien hablar con la boca llena, teniéndola como la tenía el presidente de los populares repleta de acusaciones contra tirios y troyanos, viniese a no a cuento a cuento la cosa. Ahora, disipada la neblina de aquel infortunado evento, quedan ahí delante la trama de supuesta corrupción y la de los casos de espionaje que rebotan de lleno sobre el pétreo rostro de la chulesca presidenta madrileña. Sería el momento de que más de un listillo hiciese mutis y saliese por el foro, con el rabo entre las piernas y pidiendo disculpas por haber teñido de color mierda el tejido institucional de más de una comunidad autónoma, y quién sabe qué otra cosa más. A carraspear como de costumbre, don Mariano, que es hora de dar respuestas.
Y permítanme que antes de acabar con este comentario le dedique unas pocas palabras a ese harapo de hombre que ha resultado ser el vicepresidente del Consejo del Poder Judicial, Fernando de Rosa Torner. Vaya ejemplar de hombre. Olvidado por completo del cargo que ostenta, se ha dedicado a lamerle los zapatos a su antiguo Jefe y ha dejado como una braga su traje institucional. Se han alzado voces de algunos estamentos judiciales pidiendo su dimisión, pero si el comportamiento de Bermejo mereció el calificativo de grave torpeza, éste del jurista conservador apesta, huele a roedor difunto, a mierda de ave carroñera. Y él, el hombre que exhala tales efluvios, se recorta contra el tenebroso paisaje de su actitud como un gigantesco parásito. Mamón.













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