Parecía que se iba y no se va, más bien parece que va a quedarse unos días más. Nada, que el viento le ha tomado gusto a este pueblo tradicionalmente en calma por estas fechas, ahora agitado por tierra, mar y aire. Cielo de claros y nubes, con más luces que sombras. Alumbra el sol un mar canoso, calificado por los servicios meteorológicos como de fuerte marejada, después de que ayer por la tarde renaciese un poco la calma, cierto que en el entorno de la bahía, porque allá afuera era otra cosa. No molesta el frío y el viento zarandea las copas de los árboles, azota el rostro de los transeúntes y hace que chirríen las puertas y ventanas mal cerradas. Hoy las temperaturas se moverán entre los seis y quince grados centígrados, y puede que mañana aumenten ligeramente, un grado tal vez. La sensación térmica, sin embargo, no es desagradable, pero este invierno no es como aquellos de la mar en calma chicha, los erizos de rojo de luna nueva y los corales con sabor a mar, a enero a deseos de vivir. Para mí que nos falta una ligera nevada, aunque sólo sea por blanquearle la calva a nuestro permanente vigía, el centinela Montgó, al que el viento le ha dejado marcado sus arrugas de montaña vieja en su rostro alargado y noble. Como en la foto, asomado por encima de los tejados grises y pardos, rojos y granates.













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