Entrevista con Francisco Bas Gisbert

. miércoles 31 de diciembre de 2008
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A Francisco lo encontramos, como todas las mañanas, en el Mercado Municipal de Jávea, junto a su mesita redonda, diminuta, acogedora, que comparte con sus amigos. Es raro que pase alguna persona sin dejarle un saludo, una palabra amable. Francisco es, aquí al menos, toda una institución. Francisco nació un trece de septiembre de 1934. Parece que fue ayer y ya está jubilado. Su puesto de antaño en el mercado lo gestionan otras personas, pero el sigue acudiendo todas las mañanas a su puesto de ahora, a su mesita, desde la que contempla el ir y venir de las gentes, el trajín propio del mercado, sin perder detalle, como si todo lo que pasa tuviera que ver con él, como si todo dependiese de su atenta mirada. Francisco no falla nunca. Hace muy poco perdió a su hermana y a su hermano, pero Francisco se resiste a quedarse en casa. Ahí está, frente a su vaso de agua, como siempre, vigía permanente, infatigable. Francisco es conocido como Francisco L'Alemà.

-¿Francisco, tú recuerdas cuándo o cómo llegaste a este mercado municipal?
-¡Puf!-exclama- No sé con exactitud. Pero vine con mi hermana Carmen, que se situó en una caseta situada en el otro extremo del Mercado. A su lado estaba el puesto de Rosa Diego, la difunta madre del hoy Vice-Presidente de las Cortes Valencianas, y allá enfrente –señala un punto invisible, que ya hace años dejó de existir- la del inolvidable Agustín Lacueva... Venía muy poca gente de compras.

-¿Se haría difícil pagar el puesto?
-¡Y tanto! Cada tienda pagaba una caseta, un puesto. Costaba, sí.

-Tú serías muy joven...
A Francisco se le ilumina el rostro. - Claro –dice-. Tendría dieciocho años, más o menos, porque muy pronto me llamaron a filas. Yo –Francisco sonríe con nostalgia- acababa de hacer novia por aquel entonces: mi difunta mujer, Joaquina, con un año menos que yo. Cómo pasa el tiempo, amigo. Al regreso de la “mili” comencé a trabajar en la panificadora, que alternaba con mi ayuda en el puesto del mercado.

-Oye, Francisco, dime una cosa. ¿De dónde sale eso de alemán? ¿Acaso naciste en Berlín?
Francisco no puede contener una carcajada. Se ríe, con desenfado, exhibiendo con claridad su rostro de hombre bueno.
-¡Qué va! Nací en Xàbia, en la calle Mayor, para más señas. Lo que pasa es que mis padres eran muy altos, y cuando el día de su boda salían de la Iglesia, la gente decía: mirad, mirad, parecen alemanes. Y ahí quedó la cosa, alemanes ellos y alemanes toda la familia. Yo soy el de menor estatura en una familia de ocho hermanos, cuatro varones y cuatro mujeres.

-¿Y cómo era este pueblo, cómo lo recuerdas tú con tus primeras luces?
A Francisco se le vuelve a iluminar el rostro y su voz se torna grave, con algún ligero carraspeo. Está emocionado.
-¡Oh, todo era diferente, hermoso, de imposible descripción! Por la tarde, cuando se volvía del trabajo, sobre todo en verano, la calle se llenaba de gentío. Frente a mi casa se formaban interminables tertulias. El alcalde Tena, Cardona el funerario, el tío Pepe Marí y una gran parte del vecindario hablábamos de mil y una cosas. Del tiempo, de las cosechas, de los quehaceres de unos y de otros. Pasaba el tiempo, hasta que se hacía la hora de cenar. Después, sacábamos sillas a la calle y tomábamos un rato la fresca, nos saludábamos unos a otros. No había ni un rostro extraño, ni una cara desconocida. Éramos como una gran familia... Como una gran familia feliz, muy feliz.

-Pero, Francisco, tengo entendido que por aquellos tiempos, dinero, muy poquito, ¿no?
-¿Dinero? No, no había. Y poca comida. Bollos de maíz, patatas, boniatos. Mi padre era un buen hortelano, para muchos el mejor del pueblo, y hacía de todo. Alguna tarde bajábamos al puerto y nos daban algo de pescado... Todo era muy distinto. La gente te pedía cosas, te daban cosas, no había el egoísmo, la desconfianza y el desasosiego de ahora. Teníamos poco, pero aún nos sobraba. Ahora, ya puedes ver, tenemos de todo, y todavía nos falta.

-¿Francisco, si tú tuvieras un poder ilimitado, si estuviera en tus manos, qué cambiarías de un tiempo a otro? ¿Si pudieras, qué te traerías de aquel pasado que cuentas a este presente de ahora?
-Eso no es posible, amigo mío. Entonces, con poner la olla al fuego, ya nos teníamos por satisfechos. De chiquillos podíamos jugar sin temor por la calle, a cualquier hora, y dormir sin cerrar el portal de la casa. Ahora la calle es una selva, y ni siquiera uno puede dormir tranquilo en su casa. Yo me traería algo de aquel remanso de paz, pero sé que eso no es posible.

-Y de hoy al pasado, ¿qué te llevarías?
-El agua –Francisco no duda-. Recuerdo que no había agua en las casas, ni para ricos ni para pobres: para nadie. Un día a la semana, las mujeres se llevaban la ropa sucia al río, al lavadero público. Y mira, por dónde, sin agua, con establo en casi todas las casas, con una sola farmacia y un par de médicos, no había ni enfermos ni enfermedades. Ah, yo prefiero aquellos tiempos.

-¿Y tu escuela, Francisco? ¿Cómo era tu escuela? ¿Se parecía a la de tus nietos?
-¡Qué va! Entonces el maestro golpeaba la mesa con una madera y todos nos quedábamos tiesos. Ahora los maestros se quejan de maltratos. El sentido del respeto a los mayores se ha perdido. Antes se cedía el paso a los ancianos, a las mujeres. De todos modos yo fui poco tiempo a la escuela, como la mayoría de las personas de mi edad. Había que sobrevivir y el trabajo era la única herramienta. La carrera de la vida no se alcanzaba en la universidad, no. Yo añoro, de verdad, aquel sentido del respeto...

-Si miras hacia atrás, ¿que recuerdas con mayor intensidad? ¿Te viene a la memoria algún recuerdo entrañable, conservas alguna cicatriz imborrable, fruto de algún suceso doloroso?
A Francisco se le pone gris el semblante y tierna y húmeda la mirada. - –dice, con la voz ronca, mientras traga saliva con alguna dificultad-, sí, recuerdo con ternura una tarde de septiembre cuando, con apenas dieciocho años conocí a Joaquina. Había vaquillas en el puerto, cuando la pescadería estaba todavía en la Caleta. Después vinieron los hijos, más tarde los nietos Y recuerdo la muerte de mi hijita, fallecida a los tres meses de haber nacido. Y la muerte de Joaquina, con cincuenta años, todavía joven...

A Francisco se le espesa la voz, no puede seguir. De repente, recobra el aliento.
-Cuando nos casamos yo ganaba trescientas pesetas en la panificadora, por la noche, y cincuenta y cinco en la parada del mercado, durante el día. Por la casa, que había terminado de construir, pagaba trescientas pesetas. Vivíamos con cincuenta y cinco pesetas al mes. ¿Qué te parece? Y ahora todo el mundo llora.

Hablar con Francisco, aquí, no es fácil. La gente se para, nos interrumpe, hemos de seguir unos minutos su conversación para después continuar con la entrevista. Pepe Ribes se queda unos instantes con nosotros. No es uno más. Pepe Ribes forma parte de la tertulia de Francisco, como Juan Vizcaíno, Pepe Barber, Catalá, Cristóbal y yo. De vez en cuando se queda algunas mañanas a compartir un bocadillo y una copita de ron dulce canario, de las que preparan Mónica y Juan. Hoy Pepe trae prisa y se retira rápidamente. Paquita, la mujer de David, se une a la conversación. Paquita y David regentan el puesto de salazones, encurtidos y conservas. Paquita se queja de que hay demasiados puestos vacíos. Se traspasaron y siguen vacíos, sin que nadie los abra ni los llene de vida y sentido.
-Mira, no hay movimiento y eso no es bueno para el conjunto de los que trabajamos aquí. Esas casetas cerradas entristecen el mercado, le restan atracción. Francisco está de acuerdo con Paquita, y yo con ambos. Llevan razón. Pero, bueno, con todo esto, la entrevista hay que darla por acabada. Lo hablado no cabe en un par de páginas. Sin embargo, me queda una pregunta en el tintero, una pregunta a la que no puedo renunciar.

-Francisco, tú, aquí, ya no tienes trabajo qué hacer. Tienes tu casa, tus plantas, tu hortaliza para distraerte. Económicamente estás bien. ¿Por qué, entonces, vienes todas las mañanas al mercado?
La pregunta no le produce ninguna confusión. -Esta es mi casa, mi casa de siempre. Esto es mi vida, no sabría vivir sin esta visita diaria...

Yo no sé si Francisco podría o no vivir sin esta presencia cotidiana, pero seguro que el día que Francisco se ausente, la gente que pase por aquí se acordará de este hombre grande y tierno, sencillo y bueno. O quizás, los que le conocen, piensen que todavía sigue ahí, junta a esta mesa redonda y diminuta, cargada de recuerdos y de nostalgia.