Entre ETA y Mislata

. miércoles 31 de diciembre de 2008
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

Esta noche es Nochevieja y por estas fechas todo el mundo se afana haciendo lo mejor que sabe y ofreciendo lo mejor que tiene, incluso sin poder o con muchos aprietos. Es lo que toca. Es lo que hace la buena gente…, y la mala. Miren, sino, a ETA. La banda terrorista también se suma a la fiesta de esta Nochevieja y nos brinda lo mejor de su obra, lo que mejor le sale, ya casi lo único que sabe hacer. Matar. Por fortuna, no ha habido muertos, pero otra vez el estallido de las bombas ha sobrecogido el corazón de los españoles y, muy especialmente, el de los vascos. A pocas horas de las doce campanadas, ETA ha alzado su copa de sangre, destrucción, odio y muerte. No saben ya qué otra cosa hacer y se decantan, de una manera definitiva, por el camino de una violencia sin retorno, sin ideas, sin ningún sentido. A ETA ya no le queda más opción que la de morir matando. Qué pena.

En la franja de Gaza, Israel imita a ETA y brinda también con la sangre de un pueblo indefenso, con la sangre de niños, ancianos y mujeres. Podrían acordarse un poco, solo un poco, de los niños, ancianos y mujeres que perdieron la vida en la II Guerra Mundial para que el pueblo judío tuviese patria y suelo propio. Pero, no, el pueblo judío ha olvidado ya el dolor de los demás, incluso el dolor de sus propios antecesores, y se dedica a la siembra y cultivo del odio en una tierra históricamente fértil para tal semilla. Si Naciones Unidas pretende conservar una pizca de su ya escaso y menguado prestigio, debería abordar el problema desde la realidad y no con simples recomendaciones que huelen a gato muerto, a cobarde servilismo.

Hace unos días, Cáritas denunciaba la muerte de 400 personas en la República Democrática del Congo, en un acto perpetrado por efectivos ugandeses del LRA en las localidades de Faradje, Duru y Doruma. La matanza tuvo lugar el mismo día de Navidad. En Zimbabue es el cólera el que siembra el pánico. En Guinea se alza un nuevo dictador después del enésimo golpe de estado. Aquí y allá la guerra, la enfermedad, el hambre y la pobreza recobran su rédito de muerte y destrucción. Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Hacia dónde miramos?

En Mislata, un anciano de 73 años, después de un traslado desde el hospital dónde había sido atendido, era abandonado frente a la puerta de su casa, medio desnudo y con un pañal a punto de caérsele del todo. La imagen del hombre ha dado la vuelta a España y la totalidad de los medios de comunicación han reproducido esta expresión de abandono, de nula calidad humana, ese tic de hombre de nuestros días que pasa ya de todo, sin una escala de valores a los que ajustar sus actos. Y esa humanidad que pasa no es la que forman otros, somos nosotros mismos, aunque nos parezca lo contrario. Ahí, precisamente ahí, es donde está la raíz del conflicto. Ya saben eso de la paja en ojo ajeno y la viga en el propio. Pues, eso. Todos los días, cualquiera se deja en pelotas a un anciano en el rellano de la escalera. Y no lo ve. Eso me consuela de cara al año que viene. Peor ya no lo podemos hacer.