Yo, de niño, quería ser Ladislao Kubala, pero mi amigo Pepito Morató –que sigue Alfil Rojo desde el otro lado del mundo, desde las islas Filipinas-, se empeñó en que yo ensayase como Ramallets y él tirase los penaltys como Kubala. No hubo más remedio que aceptar. Pepito era el dueño de la pelota, de la única pelota amiga y conocida. Con el tiempo, ni él ni yo fuimos Kubala ni Ramallets. Ni por asomo. Pero a mi me seguía endulzando la vida la figura –casi virtual- del jugador barcelonista. No lo podía ver más que en los cromos y, de tarde en tarde, muy de tarde en tarde, en algún NODO de aquellos que nos martirizaban los oídos y la vista antes de la película de turno. Al nodo solo lo salvaba, también muy de tarde en tarde, el breve reportaje de alguna final de la copa, que nos permitía ver en acción a las grandes figuras del balón por un breve espacio de tiempo, muy poco, porque la pantalla tenía como principal receptor y protagonista a Franco. Yo a Franco no lo miraba. Buscaba a Kubala con los ojos llenos de avidez, deseoso de contemplar alguno de sus malabarismos. Kubala era dios para mí.
Como no había televisión, en aquellos tiempos seguía los partidos del Barça por la radio, aquella Philips de botones anacarados a la que me pegaba la tarde de los domingos como una lapa a las aristadas rocas de la bahía. Y seguía las evoluciones del mejor jugador que he conocido con el balón en los pies a través de las imágenes que yo mismo me fabricaba utilizando como materia prima la dúctil escayola de las palabras. Aquellos años fueron geniales. Con Kubala el Barça lo ganó todo, ligas, copas, yo qué sé, todo. En 1950 el conjunto barcelonés inició una década prodigiosa, llena de triunfos y gloria deportiva: las ligas 1951-52, 1952-53, 1958-59 y 1959-60. Las copas (llamadas entonces del Generalísimo) de las temporadas 1950-51, 1951-52, 1952-53, 1953-54, 1956-57, 1958-59 y dos copas de Ferias, 1958 y 1960. Los aficionados más viejos, recuerdan con marcada nostalgia la temporada 1952-53, conocida como la de las Cinco Copas: Liga, Copa, Copa Latina, Eva Duarte y Martini Rossi. Era tal la euforia despertada que a la afición ya no había manera de meterla en el viejo recinto de Les Corts y el Barcelona hubo de construirse uno nuevo estadio, el Nou Camp. Y Kubala era el motor de aquel equipo, de aquel grandioso equipo formado por extraordinarios jugadores, entre los que todavía sobreviven en mi memoria algunos de ellos, con toda probabilidad, los que más veces pude ver, o aquellos que con mayor fuerza resonaron en mis oídos: Velasco, Calvet, Seguer, Martin, Gonzalvo III, Bosch, Escudero, Aldecoa, Aloy, Gensana, Kocsis, Basora, Nicolau, Moreno, Brugue, Villa, Zscibor, Tejada, Rodri, Olivella, Vergés, Manchón, César, Eulogio Martínez, Evaristo, Villaverde, Segarra y Ramallets, aquel portero que volaba como una paloma y atrapaba la pelota con inaudita fuerza y seguridad, como si tuviese garras en vez de manos. A Kubala lo llamaban el mago del balón y yo soñaba con presenciar su mágico espectáculo en directo. Lo conseguí, finalmente, años después, en Valencia, en un Trofeo Naranja. A aquel equipo de ensueño se le habían unido otros grandes jugadores, como Garay, Zaballa, Zaldúa, Pereda y otros muchos que fueron llegando, todos ellos con un denominador común: calidad probada. A Kubala lo vi mayor, pero seguía teniendo la elegancia y un toque de balón privilegiado. Sus faltas por encima de la barrera, con aquellos balones de dudosa esfericidad y aquellas botas que nada tenían que ver con las actuales, eran todo un prodigio de destreza y manejo de la pelota. Me estremecí de felicidad entre el cemento del viejo Mestalla y me sentí el hombre más afortunado de la tierra.
A todo esto, me digo, se estarán preguntando qué relación tienen Ladislao Kubala y Julián Muñoz. He de decirles la verdad. Ninguna. Que yo sepa, ninguna. Simplemente los programas de la televisión de anoche eran tan solemnemente malos que recalé en Telecinco, donde echaban –porque era eso lo que hacían, echar- un especial de la Noria con una entrevista a Julián Muñoz. Se me intoxicaron la vista y los sentimientos con la presencia del ex alcalde marbellí –ahora Telecinco la tiene dada en promocionar y llenar los bolsillos de personajes tipo Roldán, Julián Muñoz y Violeta Santander- y preferí dirigir mis actividades en otra dirección. Necesitaba ahuyentar el insoportable olor a fantasma que despedía la pantalla del televisor. Precisaba perfumar mis ideas, aromatizar mis sentimientos, y pensé que Ladislao Kubala podría ser el remedio: puro, tierno, sacrificado, trabajoso, espectacularmente bello y mágico. Sobre todo mágico. El cambio valía la pena y me quedé con él.













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