Me declaro españolito de a pie, regularcillo en todo y vulgar en la mayor parte de las cosas. Del montón, como suele decirse. En materia judicial, pues, como la mayoría, como todo ese 66% de españoles que no cree en la justicia. Pero, oiga, acato las sentencias y, como transpiro sudores democráticos por todos mis poros, pues estoy a lo de la mayoría. Pese a ello, me asusté. Sí, me asusté cuando leí las primeras informaciones que daba la prensa sobre la agresión que sufrió el joven Alvaro Ussía en la discoteca Balcón de Rosales. En ellas se hablaba de la presencia de un juez en el lugar de los hechos, sin que dichas informaciones entraran en más detalles. Me preguntaba quién sería ese juez y cuál habría sido su papel. Pensé si se habría inhibido y palidecí, pero me contuve, procuré mantenerme sereno y esperé a que apareciese más información. Esta misma mañana la encontraré en la versión digital de Las Provincias, de Valencia, y me tranquilicé mucho y bien. Yo que al principio pensé que éste sería un juez al estilo Tirado, resultó ser uno de los pocos que salió en defensa del agredido. Ni juez ni hostias. A ver si te damos a ti también, dicen que le dijeron al magistrado al identificarse como tal y ordenar que parasen el linchamiento.
El hombre hizo lo propio: llamó a la policía y a su llegada identificó a los tres matones autores del atropello, sobre los que presentó denuncia, al parecer por desobediencia a la autoridad judicial. Claro que, para entonces, al joven Ussía ya lo habían dejado para el arrastre, con el corazón hecho una piltrafa y más allá que aquí, moribundo, vamos, a un paso de la muerte que le sobrevendría minutos mas tarde.
A mi me extraña mucho, mucho, que en una escena con tantos testigos no se entrometiese algún valiente pacifista de esos que siempre defienden al más débil, algún loco de esos que después acaban en la cárcel con los provocadores del altercado y, en muchos casos, peor malparados –heridos o en prisión- que los propios delincuentes. ¿Qué hicieron los presentes mientras se presentaban las fuerzas de orden público? Pues, ya lo saben, lo del juez. No meterse en líos, actuar con estudiada prudencia y esperar al quinto de caballería. De todos modos, yo a este juez, le pondría al lado de algunos jueces buenos, le reservaría un puesto de honor junto a ellos. Se portó como un hombre –digamos que no tan ejemplarmente como el profesor Neira, por ejemplo-, pero yo le pediría algo más, ahora que conoce en riguroso directo cómo funcionan estas cosas, cómo comienzan y cómo acaban: que les cuente la experiencia a sus colegas con todo lujo de detalles, que se enteren de cómo es el mundo ahí afuera. En otra ocasión, con comportamientos judiciales más ajustados, los presentes en altercados de este tipo, si hay suerte y no son jueces, podrían atreverse a intervenir en la suerte de alguna pelea y salvar la vida de algún desdichado. Hasta la fecha, da la impresión de que siempre pierden los buenos. En cualquier caso, a Ussía ya no será posible devolverle la vida.













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