Tal vez debería decir corrupción en Bigastro. Ciertamente, la noticia viene de allí. El alcalde de Bigastro ha sido detenido por efectivos de la Guardia Civil, junto con el secretario del Ayuntamiento, por supuestos delitos de cohecho, malversación y contra la ordenación del territorio. Pero este no es el primer caso y me temo que tampoco va a ser el último, de ahí que prefiera ahorrar espacio en el título y que mi reflexión se oriente hacia el análisis de un estado de corrupción generalizado. Porque lo de Bigastro puede considerase, si se quiere, como un hecho puntual, pero no aislado. Por desgracia y para vergüenza de todos nosotros, los casos de corrupción forman ya una larga y casi interminable cadena de hechos puntuales. Apuntaba alguna información, a que la corrupción en España se había extendido y constituía en sí misma un factor originario del deterioro económico. Yo diría, además, que la corrupción es un hecho común y extendido tanto a la sociedad española como a la de todo el mundo. No vale cerrar los ojos y decir que la corrupción ahora vive en Bigastro y que mañana se muda a no sé qué otra ciudad, región o país. Ni vale decir que la corrupción anida en la política.
. No, no. La corrupción vive, palpita, crece y se desarrolla en el seno de un sistema del que todos formamos parte. Está en la política, en los negocios, en la medicina, en la judicatura, en los deportes y en todas partes, como un dios ubicuo y maligno al que repudiamos en público y al que adoramos en secreto. A José Joaquín Moya, el alcalde de Bigastro, lo conocí personalmente hace mucho tiempo, de su primer año como primer edil. Coincidí con él en la Diputación de Alicante, curiosamente al igual que con José Luis Cartagena, por aquel entonces Alcalde de Orihuela y también diputado. Desde el primer momento, no me gustaron ni uno ni otro, por más que el primero fuese compañero socialista y el segundo adversario popular, cuestión que, a la vista de lo sucedido, no establece diferencias entre uno y otro, ni entre una y otra ideología. La verdad es mucho más simple y sencilla: huele mal el gallinero y la culpa es de las gallinas. Y el mundo es un enorme y gigantesco gallinero.













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